Página:Sesiones de los Cuerpos Lejislativos de Chile - Tomo XXXIV (1844).djvu/334

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CÁMARA DE DIPUTADOS

necesiten en las provincias de Concepcion i Coquimbo estas dos Cortes que den fin a los pleitos, que hagan cesar la agonía en que están los reos, despues de sentenciados a muerte, sobre el destino que han sufrido; creo tambien de necesidad que se minoren los gastos que hacen los litigantes, i por último, que cada uno de éstos pueda por sí tomar la parte que es natural que quiera tomar en promover la conclusion del negocio que tiene en estas Cortes.

Pero señor, despues de todo esto yo pregunto... estas provincias no son pobres, como se ha dicho, no tienen grandes intereses que defender i conservar ¿pero no es verdad que hai en ellas una gran desigualdad? En Concepcion la clase de propietarios está reducida a un corto número; la clase propietaria forma allí una masa homojénea, inseparable, cuyos intereses son unos, compuesta de hombres que se creen necesarios unos a otros, que comen i beben juntos. Bien ¿qué resulta de esto? Comen con los jueces; acatan a los jueces; les ganan las entrañas i el corazon a los jueces.

De aquí resultará que los jueces vienen a ser los amigos de estos hombres de la capital, de esta clase rica de la sociedad; i entónces ¿quiénes son los que padecen? la clase numerosa. I no se me negará que en esta clase hai grandes intereses; porque estos intereses están repartidos con mucha desigualdad; así es que la clase pobre, desvalida i sin representacion, esa clase que no puede hacerse valer en el órden en que está colocada, viene a quedar de peor condicion con el nuevo establecimiento. Esto lo dice un hombre que sabe el estado moral del pais, porque ayer no mas he visto lo que eran nuestros tribunales, lo que eran nuestros jueces. Yo como no quiero hacer declamaciones, como yo me refiero a la conciencia de todo el mundo, i como vivimos en un pais en que no es preciso hacer grandes viajes sino que aquí sabemos todo lo que pasa, digo, pues, que aquellas provincias van a empeorarse i lo digo a la faz de una multitud de individuos que me oyen.

Que los pocos hombres que tienen grandes intereses ganarán mucho no lo niego; pero que ganen los pobres cuyas causas talvez no pasan de 150 pesos, i que forman la mayor parte, eso sí que lo niego; que ganen pleitos contra los propietarios, no lo creo; porque de ciento les perjudica el fallo definitivo de su tribunal en los noventa i nueve.

I cuando no hablase en favor de este hecho la desproporcion ¿no hablaría la impunidad de los jueces protejida por el silencio de la opinion, por la falta de hombres que los censuren, que presenten sus defectos i los analicen, i presenten sus faltas a la faz del públioo tal como deben ser presentadas? No se puede decir lo mismo respecto de los pobres de la capital. No es comparable este foco del talento i de las luces en que el hombre público tiene que sujetarse al fallo de la opinion, no es comparable, digo, con ese elemento oscuro, excéntrico, en que van a colocarse estas Cortes libres de toda censura, libres de todo exámen, léjos de todo hombre que pueda juzgar i seguir la marcha de su conducta. Yo voto por el pensamiento, porque puede ser que me equivoque; pero por Dios, quisiera que ántes de esto hubiésemos visto algunos trabajos preparatorios; es decir una estadística sobre la moral pública del pais.

Las provincias de Valdivia i de Chiloé, por ejemplo, vienen a quedar sujetas a Concepcion. Estos pobres habitantes de Chiloé, que apénas tienen noticia de lo que es pagar correos por tierra, tendrán que pagar buques; unos hombres que hacen sus cambios con tablas de alerce tienen que pagar buques, solamente para sostener las relaciones judiciales entre una provincia i otra; buques para mantener el movimiento judicial, miéntras el movimiento comercial está con la capa bajo la aleta.

¡Vaya! yo voto por el pensamiento! Viva el pensamiento! ¿Pero cuál es el ánjel de guarda de estos pobres contra los que pueden comprar a los jueces?

En Concepcion pueden pagar con carbon; pero van a Copiapó i les dice: Señor, la mina está mui buena i luego en seguida... i como nosotros somos tan propensos a inclinarnos, cualquiera oferta que nos hagan ¿qué resulta? El juez, con la esperanza de hacerse minero, que no es el primer juez minero, se hincha cem la esperanza de hacerse minero i rico; yo se la doi a San Francisco de Asís que vaya allí con un pobre sueldo i que venga un rico i le diga: usted va ha ser rico con un alcance. Para qué hablar de su persona cuando ¿quién sabe si yo mismo caería?... Sí, señor, quien sabe si caeria... mas, digo; señor, sí caeria; por que a mí me gusta andar por los caminos de la humanidad, vaya! si yo digo que caeria; yo pregunto ¿qué garantía ofrecemos a esa clase pobre de la sociedad cuyos intereses vamos a comprometer con esta medida? Estas son dudas que se me ocurren en este caso. Yo creo, señor, por otra parte que esto que se llama el voto público, es mui poca cosa i en esto coincido con un señor Diputado que en la sesion pasada ha hablado de la opinion; yo tambien soi poco amigo de la opinion. Gritan en una provincia que es conveniente esta medida, bueno, gritan i no saben que no es la provincia la que grita sino que son cuatro personas. Pero démosle gusto porque si no vienen i nos dicen que somos enemigos de las provincias... guerras... anarquía.

Yo voto por eso, de miedo; pero ¿no me será permitido pedir a la Cámara su voto sobre el particular?... A mí me ocurría una cosa. Un cura tenia un muchacho malo, mui díscolo. (Este cuento me lo ha referido mi amigo el señor Diputado Joaquín Campino) (grandes risas). No