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SESION EN 2 DE SETIEMBRE DE 1844

a la majistratura; pero ántes que yo El Araucano, número 366 del año 41, dice: (Leyó).

I no pocos señores Diputados podran señalar con el dedo al ánima bendita que cometa estos hechos.

No hace 20 años, pues, que el pais se hallaba en este estado i yo pregunto: ¿las provincias en que se quiere establecer estas Cortes, se encuentran hoi en un estado semejante al de la provincia de Santiago ahora 20 años? Esta es obra de las cosas i es preciso que las provincias se conformen con la suerte que les ha cabido de no se el preimer pueblo de la República. ¿La provincia de Santiago pedirá aspirar a las prerrogativas de otros pueblos mas cultos que hai en el mundo i aun en la América? ¿De qué cosas no estsmos privados en la capital, sin embargo, de las exijencias por esas mismas cosas?

Yo protesto i no me cansaré de protestar la profunda veneracion que me inspiran los pueblos de mi pais: poco me importa que despedacen mi nombre: sólo obro por la humanidad i por mi patria, i por tanto, señor, en el interes de esas mismas provincias, continuaré manifestando las dudas qre me ocurren o me hayan ocurrido acerca de la conveniencia de esta medida. Señor, se publica un periódico en Concepcion que es el eco de los padecimientos de la provincia, en que se denuncian hechos escandalosos a que yo no quiero dar acenso porque yo creo que casi nunca debe creerse en la exactitud de esos hechos; pero la verdad sea dicha, denuncios graves se han hecho contra los jueces, contra los primeros empleados sobre sus manejos, sobre sus contrabandos, etc., etc , etc.

Se ha dicho últimamente i se han avanzado a creer comprendido al juez de letras en alguna de estas maldades. ¿No es ésta una verdadera desgracia? I bien, esto se sabe por un número cualquiera del periódico que se publica. ¿I qué ha resultado? ¿Se ha suspendido a ese juez? ¿Se le ha invitado siquiera para que se le forme causa para que se vindique?

Nó, no ha habido quién haga efectiva la responsabilidad de estos empleados. Una vez establecidas estas Cortes, yo quiero suponer que sean tan justificados como se quiera, los que han de componerlas; pero, si por desgracia, se dividiesen i tomasen su bandera estos jueces, teniendo a la vista a sus enemigos, ¿qué suerte les cabria a estas provincias? Diríjase la vista a la suerte que les cabria a eses pequeños pueblos que hubiesen provocado la ira de esos mismos jueces. Se me dirá que en el mismo caso nos encontramos en la capital.

Nó, señor; porque la capital es demasiado populosa, no tiene necesidad mas que de la prensa. En un periódico, en un anónimo i bajo cualquiera forma la prensa ofrece este desahogo; pero allí, ¿con qué poriá contarse, i principalmente contra las autoridades?

Yo me he abstenido, señor, de descender, o mas bien diré de elevarme un poco mas en la escala de las reflexiones. No crea la Cámara que divago, porque el discurso me va llevando a la ccnsecuencia que quiero sacar, porque me encuentro con fuerza pata hacerlo. Yo quisiera que se pensase mas, con un poco de filosofía, acerca del estado real i verdadero de nuestro pais.

La Constitucion ha proclamado el principio de unidad i quiere que en la familia chilena haya unidad tal que no sólo exista en la Constitucion escrita. No todos sabemos qué medios, qué arbitrios ha tocado nuestra Constitucion, para realizar este principio i cuánto no ha costado. Yo pregunto: en estos diez años pasados, de tormentos i sufrimientos para la República, ¿cuál ha sido la mision de esa década en la historia del pais? ¿No ha sido el establecimiento de la paz, no ha sido acabar con la anarquía? Señor: ¿i la anarquía está sólo en la opinion? Nó, es una cosa permanente. La anarquía que existe en el continente americano, no ha hecho mas que desaparecer por un momento i luego ha reaparecido, porque realmente existe en la constitucion de la sociedad. El hombre está conforme ccn las cosas, con el pensamiento de las cosas; luego diré a la Cámara, por qué estoi haciendo estas reflexiones, para que no se diga que divago, porque estoi procediendo con mucha circunspeccion. Hablo pues de la unidad.

Vamos a una provincia, señor. No quiero hacer un diálogo, porque eso es peligroso i ¿no sabemos lo que allí pasa? Bien definida una provincia en el órden, digámoslo así, demuestra sensibilidad nacional; una provincia casi es una úlcera; ella se considera tal; todas las provincias se creen un objeto de lástima, de compasion; siempre lloran sus quebrantos i yo pregunto: ¿A qué conspira este lamento? Conspira nada ménos que a pedir un imposible, a que se les iguale con este grande objeto de sus emulaciones, con la capital. ¿Es imposible esto? nó; es imposible, i si no es posible, ¿a qué conspiran con tantos lamentos? ¿a la guerra, a la sedicion? A ésto conspiran, alegando por causa las necesidades que sufren.

Me acuerdo de un dicho agudo que oí decir a un roto francés en la calle. Me acerqué por que hablaba mal de su pais i le dije ¿hombre, por qué habíais así? Ah Monsieur, me dijo: el hombre sólo raciocina con su estómago. Su miseria lo hacia hablar de este modo. ¿I cuál es el destino del sufrimiento? llevar al hombre a su destino. Si la lei no acude, en caso de desesperacion, con los remedios que puede aplicar a este mal, si no lo precave en todo lo que puede agravarse i aumentarse, es necesario poner algo de nuestra parte. Luego voi a deducir la consecuencia. Acerquemos estas Cortes a las provincias. Hoi mal que mal, el corto número de individuos que litigan, concluidas sus causas, vienen a la capital. Tribunales respetables, com