sa; que el Estado de la Razón, el Contrato social de Rousseau apareció, como no podía menos, bajo la forma de una república democrática y burguesa. Los grandes pensadores del siglo XVIII no pudieron, como no pudieron sus antecesores, traspasar los límites impuestos por su época.
Pero al lado del antagonismo existente entre el feudalismo y la burguesía, existía el antagonismo universal entre los explotadores y los explotados, entre los ricos holgazanes y los pobres laboriosos. Este último antagonismo permitió á los representantes de la burguesía arrogarse el título de tales, no sólo en nombre de una clase distinta, sino de toda la Humanidad paciente. Más aún: desde su aparición, la burguesía se vió combatida por su propio antagonismo, pues el capitalista no puede existir sin el trabajador asalariado; y á medida que el burgués de las corporaciones de la Edad Media se transformaba en burgués moderno, el compañero y el trabajador no incorporados se convertían en proletarios. Si la burguesía, después de la lucha con la nobleza, pudo proclamarse representante de las diferentes clases trabajadoras de la época, asi-