su propia capacidad política, se refugió primero en la corrupción del Directorio, y más tarde bajo el sable del despotismo bonapartista.
La paz eterna prometida se había convertido en una guerra de conquistas sin fin. La sociedad basada en la Razón no tuvo mejor suerte. El antagonismo entre ricos y pobres, en vez de resolverse en el bienestar general, se hizo más pronunciado al desaparecer las corporaciones y los privilegios que los dividian y los establecimientos piadosos de la Iglesia, que aminoraban aquel antagonismo. El desarrollo de la industria sobre una base capitalista hizo de la pobreza y de la miseria de las masas obreras la condición vital de la sociedad, y el número de crímenes aumentó de año en año. Si los vicios feudales, que antes se encontraban públicamente, se habían refugiado en la sombra, los vicios burgueses, que antes se conservaban ocultos, brillaron en todo su apogeo. El comercio se hizo á poco una estafa legalizada; la fraternidad de la enseña revolucionaria se personificó en las disputas y rivalidades de la concurrencia; la corrupción general suplantó á la opresión vio-