cante de veintinueve años, un hombre que unía, á una sencillez infantil, que rayaba en lo sublime, una facultad tal para dirigir á los hombres, como pocos la han poseído. Roberto Owen se había apropiado la doctrina de los materialistas del siglo XVIII, que declaraban que «el carácter del hombre era producto, por un lado, de su organización natural, y por otro, de las circunstancias que le rodean durante su vida y, principalmente, durante su período de desarrollo.» La mayor parte de los fabricantes contemporáneos suyos no vieron en la revolución industrial sino confusión y caos, que les permitirían aprovecharse de ella para hacer una rápida fortuna.
Owen vió llegada la ocasión de ordenar aquel caos, poniendo en práctica su teorema favorito, con el cual había hecho ya un feliz ensayo en Manchester, en una fábrica que mantenía 500 obreros, de la cual él era director. Desde 1800 á 1829 aplicó estos mismos principios, en su calidad de director asociado, en la gran filatura de New-Lanark, en Escocia, pero con mas libertad de acción, y obtuvo un éxito que le valió una reputación europea. De una población de cerca de 2.500