los objetos del mundo real y los cambios que sufrían sino como reflejos de sus ideas. Para él, la idea de una cosa preexistía no se sabe dónde, ni cómo, en la cosa misma; el mundo, en resumen, había sido creado á imagen de una idea eterna, y no era otra cosa que la realización de la idea absoluta, que se supone tenía una existencia aparte é independiente del mundo real. Esta manera de ver trastornó completamente las verdaderas relaciones entre el mundo real y las ideas producidas por el cerebro humano, que, después de todo, no es más que un producto de este mundo real. Si el genio de Hegel se muestra á cada paso en su sistema; si en cada una de sus páginas encontramos ideas grandiosas y justas sobre las proposiciones sentadas por la ciencia natural y por la historia de la Humanidad, el sistema en conjunto reproducía el error que le servía de base. Fué un aborto colosal, pero el último de su clase. Además, encerraba en sí una contradicción incurable. Por un lado, Hegel afirma con razón que la historia de la Humanidad es un desarrollo infinito por el hecho mismo de su naturaleza, desarrollo que, por consecuencia, no puede hallar su término
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