Página:Sub Sole.pdf/100

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eran los mojicones! ¿Cómo no se le ocurrió cosa tan sencilla? No, habia que rendirse a la evidencia. Era un ganso, nada mas que un ganso.

La armonia entre los chica se restableció bien pronto. Tendidos a la sombra de un árbol descansaron un rato para reponerse de la fatiga que los abrumaba. Petaca, pasado ya el acceso de furor, reflexionaba i casi se arrepentía de su dureza porque, a la verdad, matar un pájaro con una escopeta descargada no le parecia ya tan claro i evidente, por mui bien que se hiciese la puntería. Pero, como confesar su torpeza habria sido dar la razon al idiota del primillo, se guardó calladamente sus reflexiones para si. Hubiera dado con gusto el cartucho de ainamita que tenia allá en el rancho, oculto debajo debajo de la cama por haber matado la maldita laica, que tanto los habia hecho padecer. ¡Si al salir hubiesen cargado el arma! Pero aun era tiempo de reparar omision tan capital, i, poniéndose en pié, llamó a Cañuela para que le ayudase en la grave i delicada operacion, de la cual ámbos tenian solo nociones vagas i confusas, pues no habian tenido aun oportunidad de ver cómo se cargaba una escopeta.

I, mientras Cañuela, encaminado en un tronco para dominar la estremidad del fusil que su primo mantiene en posicion vertical, espera órdenes baqueta en mano, surjió la primera dificultad. ¿Qué se echaba primero? ¿La pólvora o los guijarros?

Petaca, aunque bastante perplejo, se inclinan a