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siderablemente, convirtiéndose en una sed de esterminio i destruccion que nada podia calmar. Cargaron rápidamente el fusil i, perdido el miedo al arma, se entregaron con ardor a aquella imaginaria matanza. El débil estallido del fulminante mantenía aquella ilusion, í aunque ámbos notaran al principio con estrañeza el poquísimo humo que echaba aquella pólvora, terminaron por no acordarse de aquel insignificante detalle.

Solo una contrariedad anublaba su alegria. No podian cobrar una sola pieza a pesar de que Petaca jurabn i perjuraba haberla visto caer requetemuerta i desplumada, casi, por la metralla de los guijarros. Mas, en su interior, empezaba a creer seriamente, recordando como las flechas torcidas describen una curva i se desvian del blanco, de que la dichosa pólvora estuviera altura. Prometióse, entonces, no cerrar los ojos ni volver la cabeza al tiempo de disparar para ver de que parte se ladeaba el tiro; mas, un contratiempo inesperado le privó de hacer esta esperiencia. Canada, que acababa de meter un grueso puñado de guijarros en el canon, esclamó de repente desde el tronco en que estaba encaramado, con tono de alarma:

— ¡Se acabó la escopeta!

Petaca miró el fusil que tenia entre las manos i luego a su primo, lleno de sorpresa, sin comprender lo que aquellas palabras significaban. El rubillo le sentó entónces la boca del canon, por la que asomabo parte del último taco. Inclinó el arma para