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maderas, en la cual ibamos a traer, de regreso, un cargamento de pieles de lobo marino que debia embarcar, a la mañana siguiente, el transatlántico que pasaba con rumbo al estrecho. El mar estaba tranquilo como una balsa de aceite. El cielo era azul i la atmósfera tan trasparente que podíamos percibir, sin perder un sólo detalle, todo el contorno del golfo de Arauco.

 Todos, a bordo del « San Jorge », estábamos alegres i el capitan mas que ninguno, pues, el patron de la lancha que remolcábamus era nada menos que Marcos, su querido Marcos que de pié en la popa, doblegando entre sus manos tomo un junco la larga beyona, obligaba a la pesada mole a seguir la eslcla que iba dejando en las azules aguas la hélice del remolcador.

 Marcos, hijo único del capitan, era tambien un amigo nuestro, un alegre i simpático camarada. Nunca el proverbio « de tal palo tal astilla » habia tenido en aquellos dos seres tan completa confirmacion. Semejames en lo físico i en lo moral era aquel hijo el retrato de su padre, contando el mozo dos años mas que yo que tenia en ese entónces veintiuno cumplidos.

 Deliciosa fué aquella travesía. Bordeamos la isla por el lado sur i, a medio dia, habiamos fondeado en la ensalada, término de nuestro viaje. Descargada la lancha, despues de una faena pesada i laboriosa, esperamos el nuevo cargamento que, debido a no se qué imprevista dificultad no estaba aun listo