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tuacion, se sostuvo sin agravarse. Aunque la marejada era siempre mui dura, no habíamos vuelto a embarcar olas como las que nos asaltaron a la salida dal canal i, el « San Jorge », lanzado a toda máquina manteníase bravamente en la direccion que nos marcaban los destellos del faro desde lo alto del promontorio que domina la entrada del puerto.

 Pero esta calma relativa, esta tregua del viento i del océano cesó cuando, segun nuestros cálculos, estábamos en mitad del golfo. La furia de los elementos desencadenados asumió esta vez tales proporciones que nadie a bordo del « San Jorje » dudó un instante subre el resultado final de la travesía.

 El capitan i el timonel, asidos a la rueda del timon, mantenían el rumbo enfilando el nordeste que amenazaba convertirse en huracan. En la proa un relampagueo contínuo nos indicaba que el enfurecido oleaje aumentaba en intensidad fatigando al barquichuelo que se enderezaba a cada guiñada con gran trabajo. Parecía que navegábamos entre dos aguas í el peligro de irnos por ojo era cada vez mas inminente.

 De pronto la voz del capitan llegó a mis oídos por encima del tragor de la borrasea: ¡Antonio, vijila el cable del remolque!

 Sí, capitan, le contesté, pero una racha furiosa me cortó la palabra obligándome a volver la cabeza. La linterna colgada detras de la chimenea arrojaba un débil resplandor sobre la cubierta del « San Jorge » iluminando vagamente las siluetas del capitan i del