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Mas, era tal el fragor de la borrasca que sólo llegaron hasta mi palabras sueltas i frases vagas e incoherentes... resignacion... voluntad de Dios... honor... deber...

 Sólo el fin de la arenga percibílo completo: — Mi vida nada importa, pero no puede Ud. capitan hacer morir a estos muchachos. El anciano se referia a mi, al timonel i al lagunero cuya cabeza asomábase de vez en cuando por la abertura de la escotilla.

 No pude saber si el capitan respondió o nó al llamamiento de su viejo amigo, porque al mujido de las olas que barrían el banco se mezcló en ese instante el retumbo violento de un trueno. Creí llegada mi última hora; de un momento a otro íbamoaa a tocar fondo i empezaba a balbucear una plegaria cuando una voz que reconocí ser la de Márcos, se alzó en las tinieblas por la parte de popa. Aunque mui debilitadas oi distintamente estas palabras: - ¡Padre, cortad el cable, pronto, pronto!

 Un frio estremecimiento me sacudió de piés a cabeza. Estábamos al final de la batalla e íbamos a ser tumbados i tragados por la hirviente sima dentro de un instante. La figura de Marcos se me apareció como la de un héroe. Perdida toda esperanza, la entereza que demostraba en aquel tranca hizo acudir las lágrimas a mis ojos. ¡Valeroso amigo, ya no nos veríamos mas!

 El « San Jorje » asaltada, por olas furiosas empezó a bailar una infernal zarabanda. Como un gozquecillo entre los dientes de un alano, era sacudida de