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desde un principio la estraña sensacion de que la tierra, su amada tierra, huia de él, resbalando en una vertijinosa carrera bajo su cuerpo, aranándole al pasar i desgarrando con crueles zarpasos sus carnes de réprobo. Entonces, enloquecido, habia hincado sus uñas en el suelo, tratando de retener a la fujitiva. Sus manos crispadas arrancaban puñados de yerba i sus; dedos dejaban largos surcos en la tierra húmeda. Mas, todo era inútil; miéntras los campos huian cada vez mas de prisa, su rostro i su busto anotados por los tallos flexibles de los yérbales se iban convirtiendo en una llaga sangrienta. De pronto sus ojos cesaron de ver, sus manos de asir los obstáculos i se abandonó, como un tronco insensible a aquella fuerza que lo arrancaba tan brutalmente de sus lares i a la cual no le era dado resistir.

De vez en cuando interrumpia el silencio una batahola de gritos:

- ¡Suelta, Pluton, déjalo!

Era el dogo que, escitado por la carrera, se abalanzaba sobre aquella mas sanguinolenta i clavaba en ella sus colmillos con rápidas dentelladas.

Don Cosme detuvo bruscamente su cabalgadura í se volvió. Estaban en el polvoroso camino inundado de sol. Uno de los jinetes echó pié a tierra i desabrochó la soga quedándose un instante con la vista fija en el inmóvil cuerpo de Quilapan.

El patron que enrrollaba tranquilamente el lazo, viendo aquella actitud del labriego, con tono irónico preguntó: