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— ¿Qué tal, Pedro, esta muerto?

El interpelado se enderezó i repuso con tono zumbon:

— ¡Qué muerto, señor! Estos demonios tienen siete vidas como los gatos.

La voz del mayordomo resonó:

— Rejístra si tiene alguna herida

— No tiene nada. Apénas unas cuantas rasmilladuras. Pero, como los novillos bravos que se emperran al semir el lazo, ahora se está haciendo el muerto. Ya verá Ud. que en cuanto lo dejemos solo se levanta i dispara como un venado.

Luego, para probar sus argumentos, cambiando de tono agregó resueltamente:

— ¿Quiere su merced qué lo haga pararse a rehencazas?

Don Cosme que habia concluido de enrollar el lazo, quiso dar una leccion de clemencia a sus servidores. Dada la magnitud del crimen, el castigo le parecia insignificante; pero se propuso demostrarles que llegado e] caso, él, a pesar de su severa rectitud, sabia ser tambien noble, jeneroso i magnánimo.

Contempló por un momento el inanimado cuerpo del indio i con tono conciliador dijo al mozo que aguardaba con el látigo en la mano:

— Déja|o por ahora. Alurdido, como está, no sentiría los azotes.

I torciendo riendas avanzó al galope por la dilatada i rojiza cinta de la carretera.