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Lo primero que se presento a la vista de don Cosme al ascender la loma fué el monton de tierra que cubría la fosa del caballo, lo que hizo revivir en él su odio rencoroso por el matador. Despues de echar una ojeada a aquel túmulo en cuya superficie asomaban ya los vigorosos tallos de la yerba i donde innumerables gusanos trazaban blanquecinos i viscosos surcos, avanzó al paso de la cabalgadura hácia el sitio donde habia existido el rancho. Sobre los calcinados escombros, encima de la ceniza, estaba boca abajo el cadáver de Quilapan. Con los brazos abiertos parecia asirse de aquel suelo en una desesperada toma dc posesion.

A una señal del hacendado el mayordomo echó pié a tierra, i cojiendo por una mano al muerto lo tumbó boca arriba, miéntras decia convencido:

— Es seguro, señor, que se ha dejado morir de hambre. ¡Son tan soberbins estos perros infieles!

Don Cosme apartó con disgusto la vista del cadáver í paseó una mirada distraida sobre el luminoso panorama de los campos, que despertaban rasgando con bostezos soñolientos la brumosa envoltura del amanecer. Por entre las desgarraduras i jirones de la niebla surjian los valles, las praderas, el combado perfil de las lomas i las lineas negras i sinuosas de las barrancas.

Erguido sobre la montura examinó en torno largamente el horizonte sin que una sola voz viera al zarsc en la soledad de la campiña el cono ominoso delas rucas aborijenes. Su poderoso pecho aspiró