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plantar un doble en la raya, sentí en la espalda un golpe i un escozor como si me hubiesen animado a los lomos un hierro ardiendo. Di un bufido, i ciego de rabia, como la bestia que tira una coz, soltó un reves con todas mis faenas... Oi un grito, una nube me pasó por la vista i vislumbré a mi madre, que sin soltar el rebenque, se enderezaba en el suelo con la cara llena de sangre, al mismo tiempo que me decia con una voz que me heló hasta la médula de los huesos: « ¡Maldito seas, hijo maldito! »

Sentí que el mundo se me venia encima i caí redondo como si me hubiese partido un rayo... Cuando volví tenia la mano izquierda, la mano sacrílega, pegada debajo de la tetilla derecha.

Mientras los campesinos se estrechaban en torno del banco ansiodos de contemplar de cerca el prodijio, el viejo hubiese desabrochado la blusa i puesto al descubierto el pecho hundido, descamado, con la terrosa piel pegada a los huesos. I ahí, justamente debajo de la tetilla derecha, veíue la mano, una mano pálida, con dedos largos i uñas descomunales adherida por la palma a esa parte del cuerpo como si estuviese soldada o cosida con él.

Un murmullo temeroso partió del grupo i voces ahogadas profirieron:

— ¡Pobrecito!

— ¡Qué castigo mi Dios!

— ¡Qué ejemplo, Jesus bendito!

El vagabundo esperó que los murmullos i las esclamaciones se estinguiesen i luego continuó: