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— Una noche se me apareció, en suenos, Nuestro Señor, i me ordenó que me fuera por el mundo para que mi castigo, confundiendo, a los incrédulos, sirviese de ejemplo a los malos hijos.

Los padres i las madres clavaron en los rostros confusos de sus juveniles retoños, una mirada que parecía decir: ¿Han oido? ¡Esto es para ustedes! ¿Olvidarán la leccioncita?

El silencio tenia algo de relijioso i de solemne cuando el viejo prosiguió:

— Honra a tu padre i a tu madre dice la lei de Diosiyo les encarezco, mis hijos, que nunca, jamas, desobedezcan a sus mayores. Sean siempre dociles i sumisos i alcanzaran la felicidad en este mundo i la gloria eterna en el otro.

— ¡Amen! dijieron muchas voces trémulas por la emocion.

La ramada bajo la cual se cobijaba el vagabundo era la prolongacion de un pajizo rancho, morada de uno de los mas ancianos vaqueros del fundo. A cincuenta metros estaba la carretera, a la que daba acceso una puerta de trancas cuyas varas. Corridas de un lado, descansaban por una de sus estremidades en el suelo, dejando un paso estrecho que un caballo podia salvar con un pequeno salto. El terreno, sobre el cual se alzaba la choza, era llano i estaba cerrado por una lijera empalizada de ramas secas. En lo alto el sol fulguraba intensamente derramando sus blancos resplandores sobre los campos sumidos en el letargo de la quietud i el sopor.