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El mendigo, sentado en el banco junto al cual los campesinos van depositando en silencio sus limosnas, murmura con tremula ¡cascada voz:

— ¡Dios i la Santísima Vírjen se lo paguen, hermano!

De pronto, en el camino, frente a la puerta de trancas, aparecen dos jinetes magníficamente montados. Uno tras otro salvan el obstáculo i avanzan en derechura hácia la ramada. Todas las lenguas enmudecen a la vista del patron i de su hijo que hablan, al parecer, acaloradamente.

Los labriegos, se miran i se hacen guiños con aire malicioso. Están hartos de aquellas escenas i cuchichean con maligna sonrisa:

— El viejo halló la horma de su zapato.

— La halló, la halló...

Cállanse de nuevo para oir las voces destempladas de los jinetes, que habiendo refrenado sus cabalgaduras, jesticulan con tono áspero de disputa.

Don Simon, el hacendado, es un hombre de sesenta años, alto, corpulento, de mirada viva i penetrante. Lleva la barba afeitada i su cano i retorcido bigote, que la cólera eriza, deja ver una boca de labios delgados, adusta e imperiosa. Su historia es breve i concisa. Simple vaquero en su juventud, a fuerza de paciencia i perseverancia alcanzó los empleos de capataz, mayordomo i, por último, administrador de una magnífica hacienda. Mui hábil, trabajador infatigable hizo prosperar de tal modo los intereses del propietario que éste lo hizo sa socio dándole una