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llos al paso i sus voces sonaban claras i distintas en el silencio que reinaba en la mada.

— Te digo que no iras...

— Padre, sólo voi a ver correr la yegua overa. En seguida me vuelvo... Se lo juro a Ud.

— Tu debias estar enterado, desde hace tiempo, que cuando ordeno alguna cosa no me vuelvo atras. Déjate, pues, de majaderias. En la aparta de los novillos podrás correr todo lo que te dé la gana.

Los inquilinos cuchichean en voz baja:

— ¿Qué hai carreras en la Marisma?

— Sí, la, del mulata con la yegua overa. Don Isidrito está mui interesado porque don Cucho le ha ofrecido la mitad de la apuesta si jinetea la potranca i gana la carrera.

Padre e hijo se detienen delante de la vara donde están atados una veintena de caballos, i el hacendado, despues de recorrer con una mirada aquellos rostros cohibidos que se desvían temerosos, dijo al dueño del rancho, que se habia adelantado hácia él sombrero en mano:

— Jerónimo, vas a ir con todos los que están aquí al potrero de la Aguada para rodear los novillos i encerrarlos en el corral. Nosotros, i miró de soslayo a su hijo, vamos a ir al cerco de los Pidenes i a la vuelta haremos la aparta de la novillada de dos años. ¡Cuidado con corretearme demasiado las reses!

El labriego inclinó la cabeza i murmuró un quedo i humilde:

— Está bien, señor.