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don Simon. Era tan cómica la espresion de aquella fisonomía desfiguradn por el espanto que, el hacendado, estuvo a punto de soltar la risa. Este idiota, pensó, cree que si hace lo que le mando se abrirá la tierra para tragárseb.

No insistió en repetirle la órden i se dirijió a los demas:

— Ya que Jerónimo se ha tullido de repente i hasta ha perdido el habla, vaya uno de ustedes: tú, Pedro, tú, Nicolas, tú, Lorenzo. I fué pronunciando así varios nombres. Pero, al parecer, a todos habíales ocurrido el mismo fenómeno, pues ninguno se movió ni contestó.

Aquella resistencia produjo, mas que cólera, asombro i admiracion en el hacendado. ¡Como! ¿Hasta ese estremo llegaba la ciega credulidad de esas jentes que se atrevian a arrastrar su enojo antes que poner sus manos en el mentiroso viejo? I mas que nunca se afirmó en su resolucion de sacarlos de su engaño haciéndoles ver la falsedad de aquella historia ridícula.

Paseó una última mirada por aquellas cabezas que se abatian en silencio, ¡moscas iburañas, í ordenó imperioso:

— Isidro, apeate i desenmascara a este bribon.

El mozo lo miró estranado i balbuceó con un tono de viva repugnancia:

— Padre, téngale lástima, perdónelo por esta vez.

La cólera, amortiguada un instante, resurjió en el hacendado furiosa: