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dato, vencieron sus escrúpulos í resignado alargó la mano hácia el pecho del vagabundo quien sin dejar de jemir rechazó aquel ademan con su huesuda diestra. Esto se repitió varias veces hasta que el mozo cojió con la suya, robusta i poderosa, aquella mano obstinada i terca. El viejo, con una fuerza increíble para sus años, trató de libertar su muñeca de aquellas tenazas; se recojió como una araña i se deslízó al suelo, forcejando con tal desesperacion, con tanta maña i destreza, que el mozo hubo de soltarle sin haber logrado su intento. El joven cuyos dientes estaban apretados cambió de táctica. Alargó los brazos i alzando al mendigo del suelo lo tendió de espaldas sobre el asiento. Pero aquel cuerpo decrépito, aquel brazo i aquellas piernas semejantes a secos i quebradizos sarmientos, se ajitaron con tales sacudidas que, tumbándose el banco, ambos luchadores rodaron por el suelo con gran estruendo. Se oyó una rabiosa blasfemia i un puño, alzándose aírado, cayó sobre la faz del vagabundo que se tornó roja bajo una oleáda de sangre que brotó de su boca i de su nariz, i manchó sus sucias greñas, sus bigotes i su barba.

Instantáneamenze cesó el viejo de jemir i debatirse, i el mozo, desabrochándole la blusa, desprendió de su sitio la famosa mano sin gran trabajo.

Don Simon se desmontó precipitadamente i acudió presuroso junto al mendigo, diciendo a sus servidores:

- ¡Vengan, vengan todos!