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— ¡Qué hai! ¿Te convenciste de que todo no era mas que una mentira?

— Completamente, padre; tenia Ud. mucha razon.

El hacendado se quedó estupefacto, gozoso. No eran solo las palabras sino el tono en que fueron dichas lo que le sorprendia i llenaba de satisfaccion. Aquel acento enérjico no era ya el del muchacho taimado i voluntarioso que tanto lo hiciera sufrir, sino el de un hombre razonable que reconocía al fin sus errores i enderezaba sus pasos por la senda del deber. ¡Admirable influencia de la justicia i la verdad! Un ciego habia abierto los ojos; faltaban los otros ¿dónde se habían metido?

Don Simon avanzó hacia la esquina de la ramada i rujió con amenazador acento:

— ¡Aquí todos!

Los campesinos que se habian echado sobre la yerba formando pequeños grupos, se alzaron del suelo perezosamente, i viendo que el patron los contemplaba de hito en hito, echaron a andar hacia la ramada con una lentitud i una cachaza tan desesperante que el hacendado palidecíó de coraje ante aquella deliberada i testaruda neglijencia.

En ese momento resonó el galope de muchos caballos i una magnífica cabalgata cruzó por la carretera. A traves de la nube de polvo vióse brillar un instante los lujosos arreos de jinetes i de corceles.

Una voz viril i poderosa se elevó desde el camino: