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— ¡Isidro, te esperamos en la Mariana; esta tarde corre la yegua overa!

El mozo dijo resueltamente a espaldas de don Simon:

— Padre, yo no voi a la aparta.

El hacendado se volvió hosco con la mirada centellante:

— ¿Que dices?

— Que tengo que ir allá... adonde le dije...

Don Simon alargó la diestra i cojiendo al jóven por la abertura de la manta la zarandeó rudamente aturdiéndole con sus gritos:

— ¡Qué tienes que ir! ¿Adónde? ¿A las carreras?... Dilo de una vez. Repítelo.

I la frase desafiadora, irreparable salió de los labios trémulos del mozo:

— ¡Voi adonde me da la gana!

Aun vibraban estas palabras cuando la diestra del hacendado cayó sobre la mejilla izquierda del rebelde que trocó instantáneamente su palídez cadavérica en un escarlata vivísimo....


Los campesinos que llegaban se detuvieron en seco. El hijo habia enlazado al padre por la cintura, i echándole diestramente la zancadilla lo tumbó en tierra boca arriba. Cayó el mozo encima, pero, alzándose presuroso se precipitó sobre su caballo, un