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retinto magnifico, i se lanzó a toda rienda hácia la puerta de trancas.

El hacendado de pié, la diestra en alto, los ojos inyectados de sangre, cárdena la convulsa faz, lanzó, entonces, con acento de una sonoridad estraña el fatal anatema:

— ¡Maldito seas, hijo maldito!

Al oirlo el mozo hizo un movimiento en la montura como para mirar hácia atras; ¡el nervioso bruto desviado por aquella leve inclinacion del jinete saltó oblicuamente, yendo a chocar con sus patas delanteras en la vara superior. Retembló la tierra con el golpe i una densa nube de polvo se elevó desde el camino frente a la puerta de trancas. Los labriegos saltaron sobre sus caballos i corrieron a escape en socorro del caldo; pero, ántes de que hubiesen recorrido la mitad de la distancia, el retinto, que se habia alzado tembloroso sobre sus patas, cuando un resoplido de espanto emprendió una levertijinosa carrera por la calzada desierta. De la montura pendia algo infame como un pájaro cuyas alas abiertas fuesen azotando el suelo...

Voces espantadas resbalaron clamorosas en el aire inmóvil:

—¡Santo Dios, se le enredó la espuela en el lazo!

Miéntras los campesinos corren a rienda suelta tras el desbocado animal, que les lleva una larga delantera, don Simon, sentado en el suelo da manotadas al aire queriendo cojer algo invisible que jira a su derredor. De vez en cuando dice con tono de