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rostro i sus grandes ojos oscuros, era la joya de la caleta. Entónces fué cuando aquella herencia inesperada, recaída en la madre de su novia, vino a modificar en parte este estado de cosas. Esperimentó una corazonada de mal augurio, cuando le dieron la noticia. Los hechos vinieron a confirmar bien pronto aquel presajio. El ajuar de Magdalena se trasformó completamente. Lo burdos suecos fueron reemplazados por botinas de charol, i los trajes de percal cedieron el campo a las costosas telas de lana. Este cambio debíase en gran parte a la vanidad materna, que queria a toda costa hacer de la zafia pescadorcilla una señorita de pueblo. De aquí partieron los primeros tropiezos para el proyectado matrimonio. A juicio de la futura suegra, éste no debia efectuarse hasta que Sebastian no fuese propietario de una chalupa que reemplazase su misérrimo cachucho, el cual, segun ella, era un viejo cascaron i no valia tres cuartillos.

 El mozo no pudo ménos que someterse a esta exijencia; mas, con el entusiasmo del amor i la juventud creyó que mui pronto se encontraría en estado de satisfacerla.

 El bote, arrastrado por la corriente; presentaba la proa a la costa, i Sebastian vió de improviso en la azul lejanía destacarse los masteleros de los buques anclados en el puerto. Cortó aquel panorama el hilo de sus recuerdos, reanudándose en seguida la historia en la época en que apareció el otro. Un día irrumpió en compañía de unos cuantos calaveras en