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la Ensenada de los Pescadores. Decíase marinero licenciado de un buque de guerra, í mostrábase mui orgulloso de sus aventuras i de sus viajes. Con su fiero aspecto de perdona-vidas, impúsose por el temor en aquellas pacíficas i sencillas jentes. Mui luego dióse en cortejar a Magdalena, mas la jóven, a quien repugnaba la aguardentosa figura del valenton, contestó a sus galanteos con el mas Soberano desprecio.

 Un suspiro se escapó del pecho del pescador. Entornó los ojos, i un episodio grabado profundamente en su memoria, se presentó a su imajinacion.

 Un domingo por la manana, de vuelta de la misa, marchando las muchachas adelante i los mozos atras por el angosta sendero de la capilla, oyó, de repente, la voz airada de la jóven que lo llamaba: ¡Sebastian Sebastian!

 De un salto salvó el espacio que de ella lo separaba i vió al abonecido rival que, sujetando por un brazo a la indignada muchacha, trataba, entre las risas de las demas, de cojerla por la cintura.

 La escena del pujilato aparecíasele envuelta en una espesa bruma. Todo habia sido cosa de un momento. Entre la admiracion de todos hizo morder el polvo al cínico galanteador, i sino se lo arrancan de entre las manos, habrían allí, probablemente, terminado todas sus valentías.

 Por algun tiempo nada se supo de él hasta que llegó la noticia de que, jurando vengarse de su descalabro, se habia embarcado a bordo de un ballenero que zarpaba para una larga espedicion a los