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 La luz del sol, filtrándose a través del florido ramaje que, como un dosel blanco i rosa, cubría la arena del combate, trasformaba en destello de piedras preciosas el metálico reflejo de las plumas tornasoladas.

 Ni la vista mas penetrante podia percibir las estocadas, los quites i contra-golpes de aquellos diestros esgrimidores.

 De súbito un viejo gallero, interrumpiendo el profundo silencio, esclamó:

 -¡Clavado el Clavel!

 Empezaba otra faz de la pelea. El cansancio de los combatientes era ya visible. Jadeantes, las alas caidas, el pico entreabierto, atacábanse con estremada violencia. Todas las miradas iban de la mancha roja que, en el albo plumaje del Clavel, crecia i se ensanchaba por instantes, a1 espolon derecho de su enemigo, tinto en sangre en toda su lonjitud. Miéntras los técnicos clasificaban el golpe i los partidarios del Cenizo daban muestras inequivocas de alegria, una voz jubilosa partió del bando contrario:

 -¡Clavado el Cenizo!

 El espolon habia penetrado en la cabeza, encima del ojo, i el gallo, aturdido por la violencia del golpe i cegado por la sangre que borbotaba de la herida, se tambaleaba sobre sus patas, próximo a desplomarse a los pies de su victorioso rival.

 El Clavel, ensoberbecido con la ventaja, procuraba a toda costa rematar el triunfo. Miéntras el acerado pico desgarraba i arrancaba a pedazos la piel de