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la cabeza i cuello, sus patas armadas de los terribles espolones descargaban una granizada de golpes sobre el enemigo inerme.

 Sus partidarios locos de entusiasmo lo animaban con la voz i con el jesto:

 -¡Acábalo, Clavelito!

 -¡Apágale los faroles!

 -¡Otro cómo ese!

 Mas, el Cenizo, a pesar de aquel torbellino que caia sobre él, se recobraba rápidamente. Lleno de sandro, acribillado de heridas, hacia de nuevo frente a su fatigadísimo adversario, i muy pronto el brio i la pujanza con que reanudó la batalla, parecieron inclimar decididamente la balanza en su favor.

 Este cambio produno otro en torno de la rueda. Miéntras unos rostros s e ensombrecian, los demas se iluminaban. El gallo que se se consideraba vencido, volvia por su fama, haciendo renacer la esperanza de sus desalentados apostadores, quienes lanzaron un grito de victorio cuando álguien advirtió:

 Se le apagó una luz al Clavel!

 La última etapa de la riña se aproximaba.

 El blanco plumaje del Clavel habia tomado un matiz indefinible, la cabeza estaba hinchada i negro i en el sitio del ojo izquierdo veíase un agujero sangriento. Ya la lucha no tenia ese aspecto atrayente i pintoresco de hace poco. Las brillantes armaduras de los paladines, tan lisas i bruñidas al empezar el torneo, estaban ahora rotas i desordenadas, cubiertas de una viscosa capa de lodo i sangre. Mas, el