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furibundo ardor de que estaban poseidos, no decrecia un instante. Sosteniéndose a duras penas sobre sus patas, i trazando con la estremidad de las alas surcos en la arena, asaeteábanse con sin igual encarnizamiento. Estrellábanse contra la valla enrojeciéndola con sus sangre i rodaban a cada choque en el polvo sin darse un segundo de tregie. Ciegos de coraje buscaban para herir los sitios vulnerables: el ojo i la nuca. I despojada casi de la piel, la cabeza era una llaga vivia, monstruosa, repugnante.

 La pelea, indecisa, se eternizaba, cuando de súbito un grito ronco, estraño, brotó de la garganta del Clavel. Su contrario acababa de clavarle el espolon en el cerebro. Dió algunos pasos desatentado i cayo de bruces. Durante un minuto, preso de violentas convulsiones, azotó el aire con las alas, saltando i rebotando dentro de la rueda como una pelota. Poco a poco los movimientos fueron ménos bruscos i cuando todos esperaban quedase inmóvil, muerto en la arena, el caído se enderezó, más, sus patas se negaron a sostenerlo i cayó de nuevo para volver a levantarse un segundo despues.

 Aquella increíble vitalidad que iba a ser, talvez, causa de que se prolongase indefinidamente la pelea, produjo manifestaciones de desagrado entre los que aguardaban se desocupase la cancha para concertar nuevas riñas, i uno mas impaciente que los demas dijo en voz alta:

 -¡Pobre Clavel, levántenlo, ya ha hecho lo que ha podido!