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El dueño del ave aludida saltó de su asiento como un resorte. Era un muchacho delgado i pálido. Con acento tembloroso por la cólera, mostrando los puños al autor de la indicación, dejó escapar un torrente de palabras.

— ¿Cómo, había allí alguien que lo creia capaz de levantar el gallo antes de finalizar la riña? ¡Seguro que no era del oficio! Porque si lo fuese, debía saber que un gallero que se estima, sólo levanta sus gallos cuando están muertos. ¡Vaya con las gallinas que se asustaban de una gota de sangre! Sí no queríab ver lástinas, debian quedarse en sus casas i no venir a avergonzar con sus jeremiadas a los de la profesion.

Varios intervinieron amistosamente para cortar la disputa, la que cesó del todo cuando el juez, en uso de sus atribuciones, viendo que los gallos no se atacaban, pronunció con voz enérjica la palabra reglamentaria:

— ¡Corres!

En el centro de la cancha, separados por cincuenta centimetros escasos, había dos trozos de madera colocados de modo que cada uno de ellos tuviese una de sus caras al nivel del suelo.

Segun el reglamento, dada la señal por el juez, los gallos debian ser parados encima de estos maderos. Si ambos hacian allí ademan de acometerse, se anotaba un careo. Llegados a los veinticinco, la riña era declarada tabla. Mas, si alguno de los contenedores