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naron su escondite, el estaba ya lejos oprimiendo contra el jadeante pecho su gloriosa conquista, henchida el alma de júbilo.

Esa tarde, que era un jueves, quedó acordado que la cacería fuese el domingo siguiente, dia de que podian disponer a su antojo; pues, los abuelos, se ausentarian como de costumbre para llevar sus aves i hortalizas al mercado. Entretanto, habia que ocultar la pólvora. Muchos escondites fueron propuestos i desechados. Ninguno les parecia suficientemente seguro para tal tesoro. Cañuela propuso que se abriese un hoyo en un rincon del huerto i se la ocultase ahí, pero, su primo, lo disuadió oontándole que un muchacho, vecino suyo, habia hecho lo mismo con un saquete de aquellos, hallando días despues sólo la envoltura de papel. Todo el contenido se habia desecho con la humedad. Por consiguiente, habia que buscar un sitio bien seco. I, mientras trataban inútilmente de resolver aquel problema, el ganso de Cañuela, a quien, segun su primo, nunca se le ocurría nada de provecho, dijo, de pronto, señalando el fuego que ardia en mitad de la habitacion:

— ¡Enterrémosla en la ceniza!

Petaca lo contempló admirado, i por una rara escencian; pues, lo que proponía el rubillo le parecia siempre detestable, iba a aceptar aquella vez cuando la vista del fuego lo detuvo: ¿i si se prende? pensó. De repente brincó de júbilo. Habia encontrado la solucion buscada. En un instante ámbos chicos apartaron las brasas í cenizas del hogar i cavaron