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en medio del fogon un agujero de cuarenta centimetros de profundidad, dentro del cual, envuelto en un pañuelo de hierbas, colocaron el saquete de pólvora cubriéndole con la tierra estralda i volviendo a su sitio el fuego encima del que se puso nuevamente la desportillada cazuela de barro.

En media hora escasa todo quedó lindamente terminado, i Petaca se retiró prometiendo a su primo que los perdigones i los fulminantes estarian ántes del domingo en su poder.

Durante los dias que precedieron al señalado, Cañuela no cesó de pensar en la posibilidad de un estallido que, volcando la olla de la merienda, única consecuencia grave que se le ocurria, dejase a él i a sus abuelos sin cenar. I este siniestro pensamiento cobraba mas fuerza al ver a su abuela Rosalía inflar los carrillos i soplar con brio atizando el fuego bien ajena, por cierto, de que todo un Vesubio estaba ahi delante de sus narices, listo para hacer su inesperada i fulminante aparicion. Cuando esto sucedía, Cañuela se levantaba en puntillas i se deslizaba hácia la puerta mirando hácia atras de reojo i mascullando con aire inquieto:

— ¡Ahora si que revienta, caramba!

Pero no reventaba, i el chico fué tranquilizándose hasta desechar todo temor.

I cuando llegó el domingo i los viejos con su carga a cuesta hubieron desaparecido a lo lejos en el sendero de la montana, los rapaces radiantes de júbilo empezaron los preparativos para la espedicion.