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enormes bolsillos que eran su orgullo i le servían, a la vez, de arca, de arsenal i de despensa.

Petaca, con el fusil al hombro, andaba i bufabn bajo el peso del descomunal armatoste. Irguiéndo su pequeña talla esforzábase por mantener un continente digno de un cazador, resistiendo con obstinacion las súplicas de su primo, que le rogabo le permitiese llevar, siquiera por un ratito, el precioso instrumento.

Durante la primera etapa, Cañuela, lleno de ardor cinejético, queria se hiciese fuego sobre todo vicho viviente, no perdonando ni a los enjambres de mosquitos que zumbaban en el aire. A cada instante sonaba su discreto: ¡Psh, psh! llamando la atencion de su compañero i, cuando éste se detenia interrogándole con sus chispeantes ojos, le señalaba, apuntando con la diestra, un mísero chincol que daba saltitos entre la yerba. Ante aquella caza ruin encojiase desdeñosamente de hombros el moreno Nemrod i proseguia su marcha triunfal a traves de las lomas, encorvado bajo el fusil cuyo enmohecido cañon sobresalia. al apoyar la culata en el suelo, una cuarta por encima de su cabeza.

Por fin, el descontentadizo cazador vió delante de si una pieza digna de los honores de un tiro. Una loica macho, cuya roja pechuga parecia una herida recien abierta, lanzaba su alegre canto sobre una cerca de ramas. Los chicos se echaron a tierra i empezaron a arrastrarse como reptiles por la maleza. El ave observaba sus movimientos con tranquilidad