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Página:Tradiciones peruanas - Tomo II (1894).pdf/14

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Tradiciones peruanas


Y luego, ¿qué provecho, en buen análisis,
saca la sociedad de que á un malsín
lo engañe una pindonga semitísica,
dando á otro quídam el ansiado sí?

¿A qué nos viene usted contando algórgoras
que á su almohada no más debe contar?
No estamos para lágrimas, y rásquese,
mi amigo, si le pica el alacrán.

¿Ni qué nos va ni viene en el intríngulis
de esos que dicen llenos de candor:
—Cruzo de la existencia por el báratro
más dolorido que el doliente Job?

¿No es tontuna quejarse porque un mísero
encuentre, en el amor y en la amistad,
escondido un almácigo de víboras?
Esas cosas son viejas como Adán.

Precisamente los que vierten lágrimas
en el papel, en mi concepto, son
contrabandistas del pesar, ridículos
histriones que remedan el dolor.

Basta. En buena hora sigan los románticos
lanzando de gemidos un tropel:
para mí, el mundo pícaro es poético,
poco en el hoy y mucho en el ayer.

En lo que se halla lejos, un magnético
hechizo encuentra siempre el corazón;
pues dóranlo las luces de un crepúsculo
más bello que del alba el arrebol.....

¡Oh! Dejadme vivir con las fantásticas
ó reales memorias de otra edad,
y mamotretos compulsar solícito,
y mezclar la ficción con la verdad.

Y evocar á los muertos de sus túmulos,
y sacar sus trapillos á lucir,
y narrar sus historias, ya ridículas,
ya serias, ya con brillo ó sin barniz.

Que en el siglo presente y los pretéritos
siempre irán en consorcio el bien y el mal,
y si en éstos de malo hubo muchísimo,
en el otro de bueno mucho no hay.

Esta serie tercera (y tal vez última,
por si no hallo más paño en qué cortar)
va á tus manos, lector, sin grandes infulas:
no finco en ella presunción ni plan.

Ni aguardo que á mis nietos algún dómine
ha de enseñar el Christus abecé
en mis libros, y digan los muy titeres:
—¡Vaya, mucho hombre nuestro abuelo fue!

Mis libros piedrecillas son históricas
que llevo de la patria ante el altar.
He cumplido un deber. Saberlo bástame,
Otros vendrán después: — mejor lo harán.

Lima, mayo de 1875

Ricardo Palma