per omnia sæcula sæculorum. Amén, que con amén se sube al Edén.
Á fin de que los corchetes no diesen golpe en vago, resolvieron aquellos dos canallas ponerse al habla con Judas, en quien por la pinta adivinaron que debía ser otro que tal. Al principio se manifestó el rubio medio ofendido y les dijo: «¿Por quién me han tomado ustedes, caballeros?» Pero cuando vió relucir treinta monedas, que le trajeron á la memoria reminiscencias de las treinta onzas del gringo, y á las que había dado finiquito, se dejó de melindres y exclamó: «Esto es ya otra cosa, señores míos. Tratándome con buenos modos, yo soy hombre que atiendo á razones. Soy de ustedes y manos á la obra.»
La verdad es que Judas, como limosnero, había metido cinco y sacado seis, y estaba con el alma en un hilo temblando de que, al hacer el ajuste de cuentas, quedase en transparencia el gatuperio.
El pérfido Judas no tuvo, pues, empacho para vender y sacrificar á su Divino Maestro.
Al día siguiente y muy con el alba, Judas, que era extranjero en Jerusalén y desconocido para el vecindario, se fué á la plaza del mercado y se anduvo de grupo en grupo ganoso de averiguar el cómo el pueblo comentaba los sucesos de la víspera.
—Ese Judas es un pícaro que no tiene coteja—gritaba uno que en sus mocedades fué escribano de hipotecas.
—Dicen que desde chico era ya un peine—añadía un tarambana.
—Se conoce. ¡Y luego, cometer tal felonía por tan poco dinero! ¡Puf, qué asco!—argüía un jugador de gallos con coracita.
—Hasta en eso ha sido ruin—comentaba una moza de trajecito á media pierna—Balandrán de desdíchado, nunca saldrá de empeñado.
—¡Si lo conociera yo, de la paliza que le arrimaba en los lomos lo dejaba para el hospital de tísicos!—decía con aire de matón un jefe de club que en todo bochinche se colocaba en sitio donde no llegasen piedras.—Pero por las aleluyas lo veremos hasta quemado.
Y de corrillo en corrillo iba Judas oyéndose poner como trapo sucio. Al cabo se le subió la pimienta á la nariz de pico de loro, y parándose sobre la mesa de un carnicero, gritó:
—¡Pido la palabra!
—La tiene el extranjero—contestó uno que por la prosa que gastaba sería lo menos vocal de junta consultiva.
Y el pueblo se volvió todo oídos para escuchar la arenga.
—¿Vuesas mercedes conocen á Judas?
—¡No! ¡No! ¡No!
—¿Han oído sus descargos?
—¡No! ¡No! ¡No!