ron lo que acababa de ocurrir, quisieron agarrar con las manos los cuernos de la luna. «¡Cómo!»—gritaban furiosos—¡Tener un fraile el atrevimiento de decir misa en nuestro altar mayor!»
Aquello, para el orgullo de los canónigos, era una cosa que clamaba al cielo y no podía quedar así como así.
Después de almorzar suculentamente chicharrones, tamales y pastelillos, sanguito de najú y otros apetitosos guisos de la cocina criolla, se despidió el comensal y entraron los indignados canónigos con la queja, y con sus aspavientos y recriminaciones le pusieron al bonachón arzobispo la cabeza como una olla de grillos.
Á su ilustrísima un color se le iba y otro se le venía; pues en puridad de verdad, la culpa en gran parte era suya, porque no se le ocurrió franquear al celebrante su oratorio particular. Los de la querella sacaron á relucir cánones y breves y reales cédulas y demás garambainas, y se acordó, tras larga controversia, que si al Visitador se le antojaba volver á decir misa en la catedral, lo hiciese en altar portátil.
La cuestión se hizo pública y llegó, como era natural, abultada con notas, apéndices y comentarios, á oídos de su excelencia, quien por el momento adoptó el partido de no volver á pisar el palacio arzobispal, mientras le llegaba ocasión propicia para sacarse el clavo.
II
Y pasaron algunas semanas, y cuando ya nadie se acordaba de lo sucedido, amaneció un domingo, y el Visitador se levantó muy risueño, diciendo que entre ceja y ceja se le había metido hacer en el acto una reforma en su iglesia.
Y convocando secretamente una docena de carpinteros, mandó que cercasen de tablas el altar de Nuestra Señora de la Antigua, que se halla situado cerca de la puerta, independizándolo de la nave central y del resto del templo.
Los dominicos disputan á los mercenarios la antigüedad de residencia en Lima; pero es punto históricamente comprobado que la primera misa que se dijo en nuestra capital fué celebrada por el religioso de la Merced fray Antonio Bravo; que en 1535 era ya el padre Miguel Orenes provincial ó comendador de la orden, y que cuando en 1541 fué asesinado el conquistador Pizarro, los mercenarios, á quienes se tildaba de almagristas, tenían ya casi concluída la fabrica del convento é iglesia, invirtiendo en ambas la suma de setecientos mil pesos. Sigamos con la tradición.
Los frailes murmuraban sotto voce que á su excelencia se le había ba-