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Página:Tradiciones peruanas - Tomo IV (1896).pdf/61

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Ricardo Palma

—Su paternidad está muy débil, y haría bien en tomar algún alimento.

Hermano—contestó el santo,—no tengo apetito.

—llaga un esfuerzo, reverendo padre, y pase siquiera un bocavio.

Y canto insistió el retitolero, que el enfermo, por libertarse de exigencias que picaban ya en majaderia, ideó pedirle lo que hasta para el virrey habría sido imposible conseguir, por no ser la estación propicia para satisfacer el antojo.

—Pues mire, hermanito, sólo comería con gusto un par de pejerreyes.

Fray Gómez metió la mano derecha dentro de la manga izquierda, y sacó un par de pejerreyes tan fresquitos que parecían acabados de salir del mar.

—Aquí los tiene su paternidad, y que en salud se le conviertan. Voy á guisarlos.

Yello es que con los benditos pejerreyes quedó San Francisco enrado como por ensalmo.

Me parece que estos dos milagritos, de que incidentalmente me ho ocupado, no son paja picarla Dejo en mi tintero otros muchos de nuestro lego, porque no me he propuesto relatar su vida y milagros.

Sin embargo, apuntaré, para satisfacer curiosidades exigentes, que sobre la puerta de la primera celda del pequeño claustro que hasta hoy sir ve de enfermería, hay un lienzo pintado al óleo representando estos dos milagros, con la siguiente inscripción: El Venerable Fray Gómez.—Nació en Extremadura en 1560. Vistió el hábito en Chuquisaca en 1580. Vino á Lima en 1587.—Enfermero fué cuarenta años, ejercitando todas las virtudes, dotado de favores y dones celestiales. Fu su vida un continuado milagro. Falleció en 2 de Mayo de, con fama de santidad. En el año siguiente se colocó el cadáver en la capilla de Aranzazú, y en 13 de Octubre de 1810 se pasó, bajo del altar mayor, á la bóveda donde son sepsitados los padres del convento.

Presenció la traslación de los restos el señor doctor don Bartolomé María de las Heras. Se restauró este venerable retrato en 30 de Noviembre depor M. Zamudio.»

II

Estaba una adana fray Gómez en su eelda entregado á la meditación, cuan lo diorou á la puerta unos discretos golpecitos, y una voz de quejumbroso timbro dijo: —Deo gratias..... Alabado sea el Señor!....

—Por siempre jamás, amen. Entre, hermanito—contestó fray Gómez.

Y penetri en la humildísima celda un individuo algo desarrapado, vera