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variedad, que la vista contempla con algún gozo, aunque el suelo blando, la falta de vegetación y el poco aire que corre en el bajo hacen preferir la brisa de las alturas, que continuamente refresca las piedras caldeadas por el sol. Desde ellas, si bien la perspectiva no es más variada, por lo menos, hay mayor grandeza en su misma uniformidad.

Desciendo de la meseta y sigo los bajos que se extienden al pie de ella, con matorrales tupidos, en pequeñas agrupaciones, hasta un punto en que el río vuelve a recostarse a la barranca, y donde seguramente tendré que prestar ayuda, por más débil que ella sea; hago campamento junto a Isidoro que me ha precedido con la caballada y me espera con el mate listo. El bote no se distingue aún, y por más fuegos que he encendido en todo el trayecto, desde el sitio en que me he separado de él, en la costa no se divisa ningún humo en contestación. Recién a medio día llega; cruzamos el mal paso y descansamos.

Seis horas de consecutivo trabajo son merecedoras de un buen pedazo de puchero o asado y un jarro de café, menú, que con un poco de fariña, debe variarse rara vez en el transcurso del viaje. Un piche que ha casado Isidoro, y que incita el apetito con su amarillenta gordura, es pronto asado y devorado de una manera poco conocida de los que no han gozado de la vida austral.

No podré decir si la necesidad, o la gastronomía patagónica, ha revelado el siguiente procedimiento culinario a los indígenas, que lo emplean frecuentemente, pero sí declaro, que merece imitadores. Basta calentar algunas piedras rodadas (planas y ovaladas son las preferidas), colocarlas dentro del piche, y coser con el mismo cuero o con una ramita, la abertura del vientre por donde se han extraído los intestinos, para conseguir un manjar delicioso. Esto, en menos tiempo que el que se em-