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hace hoy muy difícil. Los matorrales espinosos abundan en el lado norte, por donde vamos, pues en el sur, los cerros llegan hasta el agua.

Apenas hemos andado una milla, enfrentamos el paradero de Chickerook-aiken situado en el lado sur; es punto bastante frecuentado en las cercanías por los habitantes de Pavón. Fitz-Roy señala en él (o en sus proximidades), un paso a vado de los indios.

Las pendientes sucesivas de varias mesetas, que descienden gradualmente, desde alguna distancia, forman una pintoresca quebrada. Principia ésta desde los primeros derrames de las alturas, y aumenta en ancho y profundidad a medida que se acerca al río, a cuyo nivel, con muy corta diferencia, se encuentra la región inmediata. La humedad producida por la capa acuosa que se halla entre el cascajo que cubre el suelo de Patagonia, y la impermeable terciaria, adorna el paisaje con una faja de verdor entre el punto permeable y el impermeable del terreno. Además, abundantes arbustos, protegidos por los barrancos contra los vientos, forman un pequeño prado, risueño, si se le compara con la esterilidad de la margen opuesta del río.

Pasando Chickerook-aiken, el horizonte, al oeste, se despeja, las barrancas no son tan inmediatas al agua, ni sus pendientes tan escarpadas, y a ambos lados, las mesetas se alejan, formando llanuras bastante extensas. Una planicie se desarrolla, amarillenta y triste, rodeada por graderías gigantes que gradualmente se desvanecen hacia el oeste, y pequeños sacos de barrancos bajos, cubiertos de pedregullo grueso, por en medio de los cuales corre el torrente, en caprichosos serpenteos, son los únicos puntos que ofrecen algún verdor.

Faltan en estas regiones los accidentes del terreno, que halagan tanto la vista y que ofrecen al