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viajero tanto motivo de estudio y de ilimitada variación en sus ideas; todo es igual, la monotonía opresora enerva aquí, desespera. La aridez continua, las sábanas de piedras, los arbustos, que viven muriendo, le comunican un abatimiento con el que sólo la energía puede luchar.

La igualdad de Patagonia es lo que más choca al viajero que, ávido de paisajes, sean risueños, salvajes, tristes, recorre con la vista ese panorama, y si en la disposición orográfica y geológica ofrecen esas comarcas tan pocas variaciones, en la fauna y flora sucede igual cosa. Guanacos, avestruces y nada más divisamos sobre la tierra; algunas aves de rapiña vuelan tétricas, y los lucientes y renegridos coleópteros desafían las arenas calentadas por el fuerte sol. Sólo las orillas inmediatas al río ofrecen vegetación relativamente casi lujosa, pero ella, nos incomoda para nuestro trabajo; así, lo único que en la naturaleza nos sonríe, nos es también tropiezo. Sin embargo, en el río hay vida; patos y avutardas lo surcan descendiendo, pues la corriente no les permite ascenderlo, y en los remansos sus nuevas y jóvenes familias aletean zambullendo contentas.

El remolque se hace muy dificultoso; la corriente ha aumentado en velocidad, y encontramos algunos parajes donde se forman verdaderos rápidos. Nos vemos obligados a ayudar al caballo, tirando todos de la cuerda. A la menor negligencia, la embarcación puede zozobrar y concluir con nuestra expedición; además, las vueltas van aumentando en tal número, que parece que no adelantamos camino.

Encontramos en la primera parte del tránsito de este día una tropilla de jóvenes avestruces, de la que obtenemos una docena; los demás, en número de cien, más o menos, se dispersan en las mesetas, o cruzan el río a nado. El avestruz no se