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destrozados, son testimonios suficientes para hacer temer la vecindad de estos terribles merodeadores de la Patagonia.

Nos encontramos frente a una barranca a pico, bastante extensa, y avanzando ya la noche, hacemos campamento, a pesar de las protestas de Patricio, a causa de la vecindad de las fieras. El miedo le mantiene desvelado y acompaña en la guardia a los perros.

Enero 18.— De madrugada, monto a caballo y me dirijo hacia el norte, hasta alcanzar la meseta alta. Se cuentan cinco escalones que ascienden gradualmente desde el río. Entre los primeros hay menor diferencia en sus respectivas elevaciones y éstas aumentan a medida que se asciende. La altura total de los cinco la calculo en 550 pies. Hacia el interior se ven otras aún más elevadas. La vegetación es pobrísima y los arbustos muy pequeños; la mata negra es raquítica, aunque prepondera en número entre las escasas plantas que aquí viven.

Es demasiada desolación y no quiero permanecer largo tiempo en esta altura; desciendo la falda de la meseta, en momentos en que una gran tropilla de guanacos desfila, costeándola por las sendas que durante años han seguido. Los curiosos animales, al verme, se han parado como autómatas, todos al mismo tiempo; el venerable macho, el sultán de la tropa se adelanta y relincha con brío, pateando el suelo y corcoveando; reconoce al intruso en sus poco disputados dominios.

Desciendo del caballo y me siento sobre el cascajo para presenciar el espectáculo que se prepara y que me ha dado a conocer el «Viaje» de Darwin. Los guanacos van aproximándose; siguen al jefe. La curiosidad les hace olvidar el miedo y, de la gran tropa, sólo permanecen lejos algunas madres temerosas, que amamantan en la quebra-