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deseos de que fuera á despertar entre ellos los recuerdos aletargados de la Tierra.

El amigo me acompañó hasta la Academia, y al llegar á la entrada, me volvió á estrechar la mano y se alejó.

Penetré en el recinto.

Seele, transformado en Sophopolita, me esperaba allí.

—"¿Partimos?" me preguntó.

—"Cuando gusteis, maestro," repuse.


CAPÍTULO XXX
la llanura

Era la época en que los Naranjos elaboran en su sávia la esencia del azahar y difundiéndola en el aire cual vapor invisible, perfuman los bosques y los montes y los valles de aquella region felíz.

La tarde sonrosaba los cielos.

Un vientecillo suave gemía entre los céspedes humildes, conmoviendo sus hojas,—céfiro murmurador, eternamente descontento, volaba un instante alrededor nuestro, para luego alejarse, llevando sobre sus alas el eterno lamento de su inconstancia.

Las aves de los campos modulaban el himno del ocaso, que vibrando en el corazon como el gemido del dolor, se perdía suáve y blandamente.

¿Porqué tanta tristeza en aquellas notas?