to pueblo, se atreve a afirmar que, si en la presente constitución se cerrase el hospital del Amparo de Salamanca, se encontrarían muertos los leprosos y los heridos en sus calles, y los pasajeros y vagos quedarian expuestos a las procelosas injurias de los tiempos, Ino con menor peligro de sus miserables vidas que el que tendrian destituidos de la curación y el alimento los achacosos y llagados.
No tiene este utilisimo hospital otra renta—regulados los frutos por quinquenios—que seis mil reales, los que—al parecer—milagrosamente se multiplican, según se reconoce en su permanencia, comodidades y repuestos; porque los tres mil—poco más o menos bastan para pagar los salarios del padre capellán, el mayordomo, cirujano, la botica, la madre, el llamador y sepulturero; y los maravedises restantes alcanzan para reparar las quiebras de sus pequeños edificios, para las compras de lienzo, cobertores, sábanas, mantas y otros adherentes para sostener y surtir sus camas, y en los muebles y menudencias inexcusables para la limpieza y el servicio de las salas, albergues, enfermerias y cocina.
El alimento de los enfermos y enfermas, empezando desde la sal hasta el garbanzo, desde el carnero a la gallina y desde el bizcocho hasta los melindres extravagantes, que sabe recetar el médico para desasirse de los enfermos y sosegar sus antojos y apetitos, todo lo costean de sus caudales los veinticnatro diputados, los que guardan entre si una unión y un celo tan singularmente caritativo, que desean exce-