el látigo alguno de éstos, ni yo he de sanar de esta locura desmesurada, ni he de sujetarme a recibir los avisos ni los recetarios de los curanderos salvajes, que han tomado a su cuenta trabajar un enfer mo, que si tiene alguna hipocondria de disparates, se halla bien con ella, y que, finalmente, ni los llama ni los consulta ni los cree ni los necesita para vivir largo y gustosamente divertido.
Estoy seguro de que no se hallará en estas planas, ni en las de los trozos antecedentes, suceso alguno ponderado, disminuido o puesto con otra figura que pueda asombrar o deslucir la verdad, que gracias a Dios acostumbro. También estoy cierto de que va delante de mis expresiones la rectitud de la intención; pero también sé que es imposible contener la furia de los comentadores maliciosos. Poco sentimiento tendré en que cada uno discurra lo que se le antojare, ni de que arrempuje mis oraciones hacia el sentido que le diere la gana. Estoy satisfecho de que puedo hablar con esta especie de soberbia y sencillez; porque es verdad pura lo que dejo confesado, y lo será cuanto ponga en los cuadernos que tengo ánimo de escribir. Sé también que hasta ahora me ha tenido por su mano la piedad de Dios, para que no haya dejado de ser hombre de leal correspondencia con todos. Sé que he venerado a mis superiores, y que he sido apacible y tratable con las demás diferencias de gentes. Sé que no he puesto la más leve sospecha en la opinión de persona alguna. Sé que no he hecho juicio falso, sino los de mis reportorios.
Sé que a ninguno le pedi prestado su dinero, su ves-