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Página:Vida de Diego de Torres Villarroel - Tomo II (1920).pdf/46

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cialmente en la parte dolorida, o padece, como Vmds. dicen, por consentimiento. Vmds., como más sabios, lo sospecharán mejor: lo que yo puedo sólo asegurar es que, si este dolor se detiene algunos días más en mi cabeza, he de parar en una apoplegia o en una de las especies de locura furiosa; y asi, yo hago a Vmds. dejación absoluta de mi cuerpo, para que lo sajen si lo contemplan oportuno, y prometo ser tan obediente a las recetas y a las voces de Vmds., que ha de llegar el día en que los escandalice mi obediencia, mi silencio y mi resignación». Consoláronme mucho, y entre otras esperanzas, me dieron la de haber curado muchos dodores de cabeza de la casta del que yo padecía.

Añadieron que mi mal tenía más asiento en mi aprehensión que en mis humores; que me procurase divertir, que a ellos no les daba cuidado mi dolor; y esto se lo crei al punto, y aun se extendió mi malicia a consentir que quizá no les pesa de nuestros males y sus dilataciones, porque ellos son su patrimonio y su ganancia. Conformáronse, y quedaron, como regularmente se dice, de acuerdo en que mi enfermedad era una hipocondria incipiente, con una laxitud en las fibras estomacales, y que la cabeza padecia per consensum. Rociáronme de aforismos, me empaparon en ejemplares y esperanzas; y yo, hecho un bárbaro con su parola y el deseo de mi salud, admiré como evidencias sus pataratas y ponderaciones. Desenadernóse la junta, y ellos marcharon cada uno por su calle a ojeo de tercianas y a monteria de cólicos, y yo a la cama, a ser