guisados, y el dolor cada vez se radicaba con mayor vehemencia. Dejáronme estas primeras preparaciones lánguido, pajizo y tan arruinado, que sólo me diferenciaba de los difuntos en que respiraba a empujones y hacia otros ademanes de vivo, pero tan perezosos, que era necesario atisbar con atención para conocer mis movimientos; si intentaba mover algún brazo o pierna, no bien les habia hecho perder la —cama, cuando al instante se volvia a derribar, como si fuera de goznes. Viéndome tan tendido y tan quebrantado, mudaron los médicos la idea de la curación; y a pocos días pegaron detrás de mi, y los materiales delincuentes que habian buscado en el estómago e hipocondrios, los inquirieron en la sangre, a cuyo fin me horadaron dos veces los tobillos; y estas dos puertas en el número de las antecedentes, hacen las ciento y una sangrias que dejo declaradas. Parecióles corta la evacuación, y me coronaron de sanguijuelas la cabeza y me pusieron otras seis por arracadas en las orejas, y por remate, un buen rodancho de cantáridas en la nuca. Yo quisiera que me hubieran visto mis enemigos; pues no dudo que se hubieran lastimado sus duros corazo nes al mirar la figura de mi espectáculo sangriento.
El rostro estaba empapado en la sangre que habían escupido del celebro las sanguijuelas que mordian de su redondez; la gorja, los hombros, los pechos y muchos retazos de la camisa, disciplinados a chorreones con la que se desguazaba (1) de las orejas.
(1) Desguazar: «caer, desprenderse».