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Página:Vida de Diego de Torres Villarroel - Tomo I (1920).pdf/103

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aturdimiento y el espanto; y paso a decir que su excelencia, y su caritativa y afable familia, se agradaron tanto de mi prontitud, humildad y buen modo —fingido o verdadero, que me obligaron a quedar en casa, ofreciéndome su excelencia la comida, el vestido, la posada, la libertad y, lo más apreciable, las honras y los intereses de su protección. Acepté tan venturoso partido, y al punto parti a rogar a mi clérigo contrabandista que me soltase la palabra que le había dado de ser compañero en sus peligrosas aventuras, porque me prometia más seguridad esta conveniencia, más honor y más duraciones, que las de sus fatales derrumbaderos. Consintió pesaroso a mi instancia; él se fué a sus desdichados viajes, y en uno de ellos lo agarró una ronda, que le puso el cuerpo por muchos años en el castillo de San Antón; yo me quedé en la casa de esta señora, quieto, honrado, seguro y dando mil gracias a Dios, que, por el ridiculo instrumento de este duende o fantasma o nada, me entresacó de la melancólica miseria y de las desventuradas imaginaciones en que tenía atollado el cuerpo y el espiritu. Estuve en esta casa dos años, hasta que su excelencia casó con el excelentisimo señor don Vicente Guzmán, y fué a vivir a Colmenar de Oreja. Yo pasé a la del señor marqués de Almarza con el mismo hospedaje, la misma estimación y comodidad, y en estas dos casas me hospedé solamente después que me echó el duende del angustiado caserón de la calle de la Paloma.

Vivia entretenido y retirado, leyendo las materias que se me proporcionaban al humor y al gusto, y