gurosa. Quedamos asidos de las melenas Martin y yo, y desasiéndome de sus garras, sali con la determinación de visitar sus enfermos y escribir cada semana, para las gacetas, la historia de sus difuntos, Vióse perdido, considerando mi desahogo, mi razón y la facilidad con que impresionaria al público de los errores de su práctica. en la que le iba la honra y la comida. Echóme empeños, pidió perdones; yo cedi, y quedamos amigos.
Vino a esta sazón a ser presidente del real conseja de Castilla el ilustrisimo señor Herrera, obispo de Sigüenza; y aficionado a la soltura de mis papeles y a lo extraño de mi estudio, o lastimado de mi ociosidad y de lo peligroso de mis esparcimientos, mandó que me llevasen a su casa, y en tono de premio, de cariño y ordenanza, me impuso el precepto de que me retirase a mi país a leer a las cátedras de la Universidad, y que volviese a tomar el honrado camino de los estudios. Dijome que parecia mal un hombre ingenioso en la corte, libre, sin destino, carrera ni empleo, y sin otra ocupación que la peligrosa de escribir inutilidades y burlas para emborrachar al vulgo. Predicóme un poco. poniéndome a la vista su desagrado y mi perdición, y me remató la plática con el pronóstico de una ruin y desconsolada vejez, si llegaba a ella, porque la fama, la salud y el buen humor se cansarian, y, a buen librar, me quedaba sin más arrimos que una muleta y una mala capa, expuesto a los muchos rubores y escase alivio que produce la limosna. Medroso a su poder, asustado del posible paradero en una mala ventura