cel y un comedero más a la cofradía de la Misericordia, no se acordaron de ella para nada. Don Juan embargado y yo sin embargo, nos volvimos desde Burdeos para España con el dolor de las malas nuevas de nuestra libertad y con el sentimiento de no ver a Paris, adonde nos guiaba aún más el gustoque la esperanza de nuestros alivios. A entender en los medios y las astucias de no ser sorprendidos de las rondas de las aduanas, a cuya estratagema y desvelo estaba cometida (1) nuestra prisión, y a imprimir los dos memoriales de que ya hice memoria en las párrafos antecedentes, paramos segunda vez en Bayona. Desde alli remitimos a Sevilla—donde a esta sazón estaba la corte—trescientos memoriales a diferentes señoras, señores, ministros y agentes para que solicitasen el buen despacho de nuestras súplicas; que todas se encaminaban a que el rey nos oyese en justicia y que se nos examinase en el tribunal que su piedad y su rectitud se dignase de elegir. La resulta fué que a don Juan se le oyese en justicia, y mi nombre no pareció para nada en el decreto. Disfrazados en el traje de arrieros—que esta fue la resolución que pensamos por oportuna para escaparnos de las rondas con los vestidos de unos mercaderes de Fuentelaencina, que casualmente tropezamos en Bayona, salimos de ella, capitulando llegar a un tiempo mismo a su lugar y satisfacer en las aduanas los derechos que se pagan al rey por los géneros extraños. Ellos, galanamente (1) Cometer: «encomendars.
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