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Página:Vida de Diego de Torres Villarroel - Tomo I (1920).pdf/40

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ces, procuraron sosegar mis malas mañas con las oportunas advertencias de muchos sopapos y azotes, que, añadidos a los que yo me ganaba en las pendencias componían una pesadumbre, yá casi insufrible a mis tiernos y débiles lomos. Esta aspereza y la mudanza del salvaje del tejedor, que se fué a su país, y, sobre todo, la vergüenza que me producía el mote de Piel del diablo, con que ya me vejaban todos los parroquianos y vecinos, moderaron del todo mis travesuras, y volvi, sin especial sentimiento, a juntarme con mi inocente apacibilidad.

Sali de la escuela leyendo, sin saber lo que leía; formando caracteres claros y gordos, pero sin forma ni hermosura; instruido en las cinco reglillas de sumar, restar, multiplicar, partir y medio partir; y, finalmente, bien alicionado en la doctrina cristiana, porque repetía todo el Catecismo sin errar letra, que es cuanto se le puede agradecer a un muchacho y cuanto se le puede pedir a una edad en la que sólo la memoria tiene más discernimiento y más acciones que las demás potencias. Con estos principios, y ya enmendado de mis travesurillas, pasé a los generales (1) de la Gramática latina en el colegio de Trilingüe, en donde empecé a trompicar nominativos y verbos, con más miedo que aplicación. Los provechos, los daños, los sentimientos y las fortunas que me siguieron en este tiempo, los diré en el segundo trozo de mi vida; pues aqui acabaron mis diez años primeros, sin haber padecido en esta estación más (1) Generales: aulase.