ni destino, me entregué a la majaderia de mis deseos y a la necedad de la que llaman buena ventura; y una y otra, acompañadas de la soltura de mis pies, me pusieron aquella noche en Calzada de Don Diego. Tomé posada en las gavillas de las eras; tumbado entre las pajas, empecé a sacar pellizeos de la provisión que llevaba en la maleta de mi sobaco, y, con el pan en la boca, me agarró un sueño apacible y dilatado. Dormi hasta que el sol me caldeó los hocicos con alguna aspereza, y desperté, arrepentido de haber dejado la acomodada pobreza de la casa de mis padres, por la cierta desgracia del que camina sin conocimiento y sin dinero. Estuve un breve rato, mientras me sacudia de las pajas, lidiando contra las razones y los aciertos de volverme; pero quedé vencido, o del temor a las reprehensiones que se me proponian, o de los consejos de mi bribón apetito; y rompiendo por los trabajos, calamidades y miserias que me pintó de repente la consideración de mi corta edad y poca industria para buscar la comida, me encaminé a Portugal, sin proponérseme descanso, parada ni oficio, a que me habia de poner.
Entré por Almeida, y por el camino iba discurriendo parar en Braga, en donde residía un paisano, en cuya franqueza ya libraba (1) mi antojo el sustento, el ocio y la diversión. Pasada la Ponte de Coba encontré a un ermitaño, que habia algunos años que rodaba por aquel pedazo de tierra que llaman los portugueses Detras de os montes; y oliéndo(1) Librar: «fundar, confiar, cifrars.